Superman: Año Uno

Superman. Año Uno: Las señoritas del Hombre de Acero

Superman: Año Uno«Ha terminado su viaje. Empieza su aventura«

 

Reconozco que no soy uno de los mayores fans del Hombre de Acero, no estoy al tanto de su día a día ni me interesan demasiado los nuevos ultra-mega-súper-villanos que le lance el guionista de turno para poner a prueba sus poderes casi divinos. Sin embargo, sí que me gusta acercarme de cuando en cuando al héroe de Smallville cuando llega a nuestra casa en forma de reinterpretación en un tomo único. Esta clase de historias, de aventuras o de reflexiones suelen sacar a relucir mejor los colores del último hijo de Krypton que la enésima batalla entre Superman y Doomsday por ver quién pega más fuerte a este lado de la galaxia.

 

Con esta idea es con la que me he acercado al Superman: Año Uno de Frank Miller y John Romita Jr. Una obra que, dada la cantidad de años que han pasado desde ese Año Uno que el guionista perfiló para Batman, pensaba que nunca vería y que me ha gustado y disgustado por igual. Un cómic que contiene trazas de la genialidad del guionista tras Sin City o Ronin, pero que cae en algunos vicios que no sé muy bien si achacarle a la edad o a que vivimos en una época en la que ciertos detalles ya son muy difíciles de mantener bajo la alfombra. Otro tomazo para la biblioteca DC Black Label que ECC nos está montando, pero uno que voy a tener que digerir muy poco a poco.

 

«Bésame. Dame algo que recordar«

 

Me gusta la manera en la que Miller construye al personaje. No tenemos ante nosotros a un Kal-El bebé que crece creyendo ser un humano, o a un Gokuh que se da un golpe fuerte en la cabeza y se olvida de su misión en la Tierra. No. El guionista nos presenta a un crío que desde un primer momento es consciente de su superioridad sobre los débiles y frágiles humanos, pero que siente la enorme responsabilidad (impuesta por sus difuntos padres) de cuidar y curar al planeta que ha de ser su nuevo hogar. El autor del Regreso del Caballero Oscuro no hace que el personaje descubra sus poderes y se plantee ser un héroe, sino que lanza al héroe hacia la Tierra y, a partir de ahí, le va enseñando a ser un humano más. Es lógico y es justo si lo pensamos un poco. Bruce Wayne se entrenó y estudió ciencia, magia y tecnología para poder convertirse en Batman. Kal-El ha de esforzarse cada día para seguir siendo Clark Kent.

 

Superman: Año Uno

Superman: Año Uno

 

Con esto en mente, el autor nos lleva de la mano a través de varios momentos en la vida del personaje. Concretamente, paseamos de su mano por la infancia de Kent en su Kansas ‘natal’, viajamos con él por el mundo cuando decide enrolarse en el ejército y vivimos sus primeros compases como superhéroe consagrado con su aterrizaje en Metrópolis. Y hay una constante que se repite en todos y cada uno de los escenarios: la de una dama que lo idolatra o que lo quiere para sí. Lana Lang en Smallville, Lori Lemaris en su época como militar y, por supuesto, Lois Lane y Wonder Woman en su última etapa como faro de la justicia en la brillante capital deceíta. Todas ellas (salvo quizás la reportera) parecen suspirar por nuestro protagonista y a todas ellas parece amarlas con toda su alma… para olvidarlas luego con toda la facilidad del mundo. Se me hace rara, anacrónica e innecesaria la presencia de estos personajes y tanto ellas como otros tantos caracteres secundarios quedan desdibujadas en el relato final y deslucen el resultado de este, por otra parte, interesante cómic.

 

También desluce un último acto (el que lanza a nuestro héroe hacia las estrellas) que da la impresión de haber sido escrito sin tiempo y de manera atropellada. Casi parece que el capítulo de Matrópolis hubieran sido originariamente dos, pero que alguien se hubiera puesto a recortar hasta dejarlo en lo que hoy tenemos entre las manos. Malos detalles para un cómic que promete demasiado.

Acerca de RJ Prous

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En la soledad de mi beca Séneca en Zaragoza aprendí a amar el cine mierder. Volví a Madrid para deambular por millones de salas y pases de películas para finalmente acabar trabajando con aviones. Amante del cine y de sus butacas, también leo muchos cómics y, a veces, hasta sé de lo que hablo.

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