En este segundo (y último) Marvel Héroes que Panini Cómics dedica a la etapa de Steve Englehart como guionista de Los 4 Fantásticos somos testigos de un titánico ejercicio de resiliencia por parte del guionista, boicoteado desde la planta noble de la editorial dilapidando los planes para los que precisamente había sido llamado. Tal llegó a ser la frustración del escritor que firmó bajo pseudónimo sus números finales al frente de la cabecera.
«¡Hay un tipo llamado Byrne que me está molestando! Siempre anda espiándome…»
Con este contexto en mente, El sueño ha muerto se convierte en el ejemplo perfecto de cómic que gana enteros gracias a su artículo introductorio, obra de Pedro Monje. Sin ese contexto, uno se adentra en las aventuras aquí contenidas y verá una aventura que arranca siguiendo la dinámica del volumen anterior, pero que pronto entra en barrena y se precipita sin remedio.
Pero he ahí la magia de sumergirse en una obra con perspectiva y con información sobre sus pormenores editoriales. La experiencia cambia radicalmente. Es verdad que cuando la lectura se hace cuesta arriba poco se puede hacer, y El sueño ha muerto tiene unos cuantos picos que requieren de todo nuestro esfuerzo. Pero no es menos cierto que conociendo el «cómo se hizo» hay detalles y circunstancias que se ven (y leen) de otra forma. El ejemplo (uno de ellos) lo tenemos en la última saga, a la que apela el título del tomo.
En ella, John Harkness (así es cómo Englehart firmó estos números) resume las que habrían sido sus principales líneas argumentales de no haber mediado las disparatadas injerencias editoriales (llegaron a cambiarle por completo el guion en un capítulo). No solo eso, sino que aprovecha la situación para cargar contra sus jefes a través de diálogos que se cargan de veneno cuando sabemos a quién se dirigen.
En este sentido, el gran valor de El sueño ha muerto radica en cómo muestra la que en no pocas ocasiones es la cruda realidad del negocio. Cómics en los que personajes y autores no importan (y si nos ponemos, lectores tampoco), colecciones al servicio del juego de las sillas de turno, donde un editor hace y deshace por puro capricho. Porque detrás de un mal cómic no siempre hay una falta de pericia de sus autores, sino una política de la envidia que daría para un buen culebrón. Y cuando, como es el caso, esa bilis se traslada en forma de guiños o referencias veladas (y otras evidentes hasta decir basta), no nos engañemos, el salseo lo mejora todo.
De todas formas, conscientes del material que tenían entre manos (por calidad y cantidad) en Panini optaron por incluir una historia que por sí sola vale el precio del tomo, aunque su relación con el resto sea cosa de magia. Chistes aparte, hablamos de Triunfo y tormento, obra de Roger Stern y Mike Mignola que se sumerge en los orígenes del Doctor Muerte y cuenta cómo Extraño y este se alían para salvar a la madre del latveriano. En tiempos recientes Ed Brubaker y Pablo Raimondi hicieron lo propio en una miniserie que tomaba como referencia este Triunfo y tormento y que narraba el crecimiento de Muerte desde su infancia hasta su conversión en el personaje que es hoy. Stern y Mignola no ambicionaban tanto, aunque en su historia también resumen los hitos vitales del personaje hasta el momento en el que se alía con Extraño.
Quizás sea por su condición de relato capital para entender al Doctor Muerte y por coincidencia en el año de publicación (1989), por lo que Triunfo y tormento se incluye en este recopilatorio. Sea como fuere, no nos vamos a quejar, pues lo único que hace es sumar a un pedacito de historia del cómic y a una ventana de lo que pudo haber sido y no fue.

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