Los proyectos Manhattan

Los proyectos Manhattan #4: La eterna lucha contra uno mismo

Los proyectos Manhattan #4Las piezas por fin empiezan a encajar. Jonathan Hickman ha llegado a ese punto en el que su críptica historia empieza a tomar un rumbo, o al menos a despejar algunas de las incógnitas que planteaban sus argumentos iniciales. Episodios que parecían olvidados como la desaparición de Albert Einstein o tramas que empezaban a alargarse sin motivo aparente como la guerra civil Oppenheimer tienen en este cuarto volumen su respuesta y su desenlace.

 

El guionista no deja de abrir nuevos caminos para esta aventura científica, pero quizás siendo consciente de que el final de la colección está más cerca de lo que parecía, se está preocupando en reconducir la multiplicidad de tramas en una sola dirección, simplificando las cosas tanto para sus personajes como para los lectores. De ahí que una de las constantes de la colección, las luchas de poder, tomen aquí un cariz muy personal. Tanto de forma interna como externa, algunos de los personajes más destacados han de enfrentarse a sí mismos (literal y metafóricamente). Hickman traslada así la eterna lucha que mantenemos todos los días por ser mejores… o por autodestruirnos.

 

Los proyectos Manhattan superaron hace tiempo el punto en el que cualquier cosa era posible. Lejos de ser una sorpresa cada vez que se superaban nuestras expectativas, es ya una realidad, casi una condición inherente al propio relato. El lector no espera que sucedan cosas asombrosas, sabe que va a ser así. Y aunque esto tiene sus ventajas, acarrea ciertos peligros, pues teniendo a un público tan entregado y con las expectativas tan altas, en el momento en que se produzca un traspiés la decepción puede ser mucho mayor. Por suerte aún no nos hemos visto en esas.

 

Este cuarto tomo, si bien toma un carácter más coral que los anteriores (con Oppenheimer y Groves como principales actores), también sirve de transición mientras se produce los obligados cambios en el status quo de los personajes y se empieza a vislumbrar una nueva dinámica en el grupo protagonista. En Los proyectos Manhattan nada permanece inmutable.

 

Es cierto que esta apariencia más transitoria de la aventura narrada en este tomo obliga a Hickman a concentrar los eventos y limitar su campo de acción (siempre en los términos marcados por una colección en la que son habituales los viajes a otros mundos). Pero no por ello, como ya he comentado, dejan de sucederse acontecimientos de vital importancia para todos los implicados.

 

Al final, más que tratarse de una cuestión de ¿qué pasaría si el avance científico no se rigiera por mecanismo de control alguno, políticos, éticos…? La cuestión que parece subyacer de la lectura de Los proyectos Manhattan es la perversión del poder, cómo unos objetivos loables pueden acarrear un altísimo precio para quienes los persiguen. ¿Qué coste estamos dispuestos a pagar por el futuro? Un discurso este ampliamente desarrollado por el autor a lo largo de su obra, desde miniseries como Pax Romana a sus etapas en el cómic de superhéroes (véase Nuevos Vengadores), y por supuesto en Los proyectos Manhattan.

Acerca de Daniel Lobato

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El padre de todos, pero como a Odín, se me suben constantemente a las barbas. Periodista de vocación cinéfila empecé en deportes (que tiene mucho de película) y ahora dejo semillitas en distintos medios online hablando de cine y cómics. También foteo de cuando en cuando y preparo proyectos audiovisuales.

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