La constelación del perro

La constelación del perro: La intrascendencia de la esperanza

Basada en la novela homónima del estadounidense Peter Heller, La constelación del perro es casi una rareza en el fantástico actual. Ambientada en 2035, en un mundo agonizante a causa de una gripe que provocó el colapso de la sociedad tal como la conocemos y el derrumbe de la civilización, los pocos supervivientes se dividen entre comunas autosuficientes, tribus salvajes, caníbales, preparacionistas que viven su sueño americano… lo mejor y lo peor de cada casa.

 

Lo que aleja al filme de Ridley Scott de la generalidad de filmes que abrazan el día después del fin del mundo es que no se recrea en lo terribles que podemos llegar a ser como individuos. Harta de un mundo en confrontación perpetua, la película, a través de Hig (Jacob Elordi), aboga por la empatía, por tener la mano siempre preparada para tenderla… Expone una esperanza tan empalagosa como inocente que la convierte en revolucionaria.

 

Jacob Elordi y Margaret Qualley

 

Y es esa visión tan buenista del ser humano la que parece el elemento más inverosímil en un mundo que coge retazos de Mad Max o del videojuego Bioshock cuando se aventura en la vertiente más lúdica (y fantástica) del género.

 

La película de Ridley Scott propone un discurso a contracorriente de la realidad del mundo actual, y por eso mismo es un discurso necesario. ¿Cuál es el problema entonces? Que se ensimisma tanto en él que olvida hacerlo interesante. En las casi dos horas de metraje, más allá de los hitos obligados para que la trama avance, no pasa absolutamente nada. El mayor cambio para Hig es que se muda de casa.

 

La constelación del perro es un título modélico a nivel técnico. Scott siempre ha sido un artesano y aquí lo vuelve a demostrar. Los paisajes con los que Erik Messerschmidt compone la fotografía son espectaculares, el cuarteto protagonista se muestra solvente, la secuencia de Grand Junction es un ejemplo perfecto de set piece de terror y suspense… pormenorizada, encontramos un montón de aciertos en la película, pero falla en lo más importante: no cuenta nada.

 

Hay, a este respecto, cierto impulso por parte del director y de la película de querer abarcarlo todo (hay terror, romance, guiños al western, acción…), pero en todo momento rechaza definirse. Algo que de por sí no es negativo, pero cuando el filme (si la suya es una vocación comercial) basa su discurso en agasajar una idea (en este caso la esperanza) sin fijar un objetivo o vehicular el viaje de sus protagonistas, el vaivén de géneros se convierte en un síntoma de que algo no funciona. Como relato, lo que tiene de vistoso lo tiene de intrascendente.

 

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